Pies descalzos

Estos días que nos hemos venido a la playa, he aprovechado para descalzar de nuevo al enano. Y para él ha sido un placer deshacerse del abrigo y las zapatillas. Se le ve más suelto, en su elemento, liberado. Y eso que a veces se queja de las rodillas, porque gatear en pantalón corto debe de ser molesto. Y con este gesto, y después de ver su cara de sorpresa al caminar por la orilla del mar, me vino a la memoria algo que leí hace unos meses. Decía un estudio que los bebés descalzos son bebés más felices.

Los bebés aprenden a través del gusto, llevándose todo a la boca. Es su sentido del tacto, y por eso, no les vale solo con tocar. Pero necesitan (y mucho) agarrar con los pies, pisar, patalear. Todo son sensaciones nuevas. Si para nosotros ya es un placer sentir la arena y el agua del mar bajo nuestros pies, qué no será para ellos. Por eso, lugares como la orilla del mar, un charco, el barro o la nieve son sitios para pisar, para sentir. En verano es más sencillo desnudarlos, sí, pero en invierno también hay ratos para pisar la alfombra, los cojines o el edredón de la cama grande. O simplemente para ver cómo se chupan los dedos gordos de los pies.

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