La nostalgia del embarazo

Últimamente echo de menos estar embarazada. Por sentir los movimientos del bebé, por acariciarme la tripa, por la manera en la que ves el mundo, más de rosa, y por ese lazo que se estrecha aún más con tu pareja imaginándoos como padres. Pero también, y no lo puedo negar, por las cuestiones más prácticas, como dormir y comer cuanto quiera.

Jamás he dormido tanto como en el embarazo (sobre todo en el segundo semestre, cuando han pasado los nervios del primero y no han llegado las molestias del tercero). Solía dormir alrededor de doce horas diarias, era muy disciplinada con la siesta, y si podía, las cabezadas duraban dos horas. Solo pensaba en meterme en la cama en cuanto podía, y también en comer todo lo que quisiera. Porque no tuve ningún antojo, pero creo que me los di todos.

El cuerpo me pedía llenar todas las reservas. Solía decirnos nuestra profesora de yoga que el descanso es acumulativo. Yo, por si acaso aquello era cierto, acumulé todo el que pude. Y menos mal, porque el nene vino peleón, llorón y de mal dormir, sobre todo durante el primer mes. Así que ahora, un año después de dar a luz y tras batir todos los récords de horas de sueño perdido, recuerdo con nostalgia las tardes de sofá, las largas siestas con pijama y las comidas intempestiva que nunca volverán. Porque no puedo engañarme, el siguiente embarazo, ya con un niño mayor, nunca será igual. Si lo llego a saber, aún duermo más.

¡Feliz 2014!

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