Parecidos razonables

Tengo un hijo polifacético perdido. No es que sólo sea un pequeño troglodita, es que en sus andares y aficiones últimamente es clavado al cocinero Alberto Chicote. Se le parece, sobre todo, cuando sale cabreado de las cocinas guarras de los restaurantes que rescata y se acerca a la cámara a recalcar que son los más cerdos que se ha encontrado nunca. Creo que es porque al pobre nene aún no le ha salido el cuello y, si le ha salido, sube tanto los hombros para andar que como si no lo tuviera. Va con la tripita hacia adelante y con un andar un tanto inestable que le hace irresistible.

A mí me lo recuerda desde su más tierna infancia y tengo la prueba. Con cerca de tres meses, en un momento en el que bostezaba, le cacé en una foto con su misma cara. Yo azuzo la faceta de Chicote de mi niño para que aún le tire más la cocina, pero no hace mucha falta porque parece que lo lleva en la sangre y se desenvuelve entre sartenes que da gusto.

Pero el pelo le desentona. Su corte de pelo natural es bastante nazi. Nació sin patillas y 20 meses después sigue sin ellas y ya ni se les espera. Si lo ves de lejos, es como si le hubiéramos rapado al cero el pelo de delante de las orejas y un poco más. En alguna ocasión, en petit comité, le hemos peinado raya en medio y le hemos manchado el bigote con nocilla para reírnos a gusto.

Pero fuera de bromas, algo de alemán tiene el pequeño. Quizá lo haya heredado de mí, que me gusta hacer listas y la organización más que a la propia Merkel. El caso es que el niño, que por no hablar aún no dice ni sí ni no, de repente me suelta un ‘da’ medio germano que me deja muerta cuando le pregunto si quiere leer un cuento. Y sus gritos y sus hablares suenan bastante alemanes, por qué negarlo.

Saca la mejor de sus sonrisas cuando se acerca al cajón de las cacerolas para que le deje una (mente alemana) y no hay quien se la quite en toda la tarde, metiendo y sacando macarrones como si no hubiera un mañana. Un pequeño estratega con alma de Chicote.

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El pequeño troglodita y el gato ninja

Últimamente nuestra pequeña casa parece más una cueva prehistórica que un dulce hogar. Sea porque el pequeño troglodita ha decidido que pasa de hablar o porque tras su paso por la escuela infantil ha descubierto la importancia de hacerse entender como se pueda, nos comunicamos a limpio grito.

No me refiero a chillos humanos, sino a gritos primitivos, gruñidos sobre todo, con los que el pequeño nos señala que quiere agua o que le dé una galleta. Los gritos (a veces hasta rebuznos) no son finos ni bajitos, son, como lo exige una película ambientada en la época, a pleno pulmón para que lo oigan los vecinos. Hay días en que saco mi lado de madre dulce y paciente a explicar por lo bajín que no se grita y que hay que hablar como seres humanos civilizados, pero otros, según como me pille, me pongo las pieles de mamut encima y yo también respondo a gruñido limpio.

Desde que el enano vuelve de la escuela infantil hasta que se duerme funcionamos así en nuestra querida caverna. La cosa es que él gruñe más que antes, será el cansancio, que viene enfadado de la escuela o que está frustado. Y no es el único que contribuye a ello, porque el cuadro prehistórico lo completa el cuarto habitante de villa rupestre: el gato, que ha crecido mucho y con sus dos meses de edad y todo su derroche de energía está aprendiendo, por su cuenta y riesgo, a cazar en casa.

caverna

Como no hay ratones ni moscas y los calcetines tirados en el suelo dan para lo que dan, ha fijado su objetivo en nuestros dedos de los pies y de las manos. Vas tú andando tranquilamente por casa y te salta, desde la penumbra, el gato enloquecido, como un tigre prehistórico a probar sus finos colmillos de leche en tu blandita carne. Si te sientas en el sofá es aún peor, no da tregua, te muerde los pliegues de la ropa como si no hubiera un mañana hasta topar (fácilmente por desgracia) con los michelines de la tripa. Además, vive en su propio mundo de la caverna del mito de Platón, persiguiendo todo tipo de sombras, hasta la suya propia.

El pobre gato, que no tiene quien le enseñe las complicaciones de la caza, se ha hecho un lío y se cree una tortuga ninja, que lo mismo te bufa de un rincón que te salta del otro o te acecha en tu butaca para morderte el moño del pelo (doy fe, que soy la única que lleva moño). Es escurridizo y silencioso el jodido; nadie sabe por dónde anda.

El niño se ríe con las ocurrencias de Michín (así se llama el pobre, aunque le pega más Van Damme o Terminator), sobre todo cuando corre como alma que le lleva el diablo persiguiendo sus juguetes o juega a ser equilibrista encima de su balón. Pero en cuanto toca sus cosas o al crío se le cruza el cable (que también pasa), le monta un pollo con todas las letras, a limpio gruñido, claro, porque no dice ni Pamplona.

El gato le ha cogido respeto al pequeño cavernícola, será porque lo ve muy mamífero y primitivo, como él, pero también responde a bufido limpio. Temo el momento en el que el gato sea un poco más mayor, coja confianza, y decidan enfrentarse en duelo, como lo salvajes que son.

Mi bebé tiene una fan que le persigue

No es una broma. Mi hijo tiene una fan que lo acosa desde los seis tiernos meses de edad. Es una niña de 8 años del pueblo en el que vivimos, que se ha encariñado con él y aparece de debajo de las piedras para hacerle carantoñas. No soy una desalmada, es que la niña fan es verdaderamente pesada, agobia a mi hijo y ya van dos veranos sin saber cómo quitárnosla amablemente de encima.

Llevaba un tiempo sin verla hasta que el otro día volvió a aparecer en la piscina de la nada llamando a grito pelado a mi hijo, que miraba al horizonte sin saber la que se le venía encima. Y sin darme cuenta, a los diez segundos había vuelto a poner su toalla pegada a las nuestras amenazando con quedarse toda la tarde.

amenaza, piscina, bebé

Este chico y su sombra amenazante me han venido al pelo para ilustrarlo 🙂

Deben de encantarle los bebés, eso dice, y se le ha metido entre ceja y ceja jugar con el mío. Pues ha ido a parar justamente con el niño más independiente de todos y que no quiere saber nada de besos ni abrazos con estraños. De hecho, aunque ella no se haya dado cuenta, él no le hace ni caso y le agobia tanto al intentar cogerle a cada segundo que, a pesar de ser muy tranquilo, ha sabido sacar lo peor de él y ya le ha intentado morder dos veces. Está desesperado perdido.

De nada vale que no le demos bola ni mi hijo ni yo, ahí sigue. Hace oidos sordos si le explico que el nene se agobia y que quiere jugar solo. Si nos vamos a la piscina, ella viene con nosotros como un miembro más de la familia. Sólo nos ha funcionado volver a recoger los bártulos, despedirnos porque nos vamos a casa y escondernos en la otra punta del césped (el verano pasado tuve que recurrir a ello), pero el riesgo de que nos espíe y vuelva a aparecer es muy alto.

Le he cogido tanta manía que cada vez que la veo ya no resuena en mi cabeza la banda sonora de Star Wars (cuando hace su aparición Dark Vader, entiéndase), ahora suena directamente la de Psicosis. Su madre -he aquí el quid de la cuestión-, no hace absolutamente nada cuando su hija (aburrida perdida, intuyo) se pega como una lapa a nosotros. Debe de quedarse la mar de cómoda en su toalla tomando el sol y hablando con sus amigas, porque siempre se la ve así de agobiada cuando la busco con mirada de desesperada. Al final de la tarde lo soluciona diciendo, “Ay, ¿pero estabas aquí?, qué afición tiene con este nene, os ha visto entrar al césped y se ha salido del agua corriendo”.

El miedo se apodera de mí al escuchar esas palabras. ¿Es obsesión? ¿Es que su madre pasa de ella y no sabe qué hacer esta niña para entretenerse? ¿Es que voy a tener que ponerme al final borde y echarla de malas maneras? ¿Es que su madre no se da cuenta de que quiero pasar el rato con mi hijo y no con la suya, a la que ni conozco ni me apetece conocer?

¿O soy tan blanda que no quiero enfrentarme a la pegajosa niña y decirle que salga de nuestras vidas? Si alguien tiene un truco que no sea lanzarle una mirada de hielo para echarla de nuestras toallas, que me lo cuente ya, por favor.

 

San Fermín con un bebé

Un bebé lo cambia todo. Y más aún San Fermín. Si te ves identificado en alguno de estos puntos, está claro que un bebé ha entrado de forma arrolladora en tu vida y que tus sanfermines nunca volverán a ser lo mismo:

1. Organizar los Sanfermines cuesta horrores. Hay que ser previsor y empezar a prepararlo todo con un mes de antelación. Ya no basta con organizar a la cuadrilla para el almuerzo y las comidas, hay que hacer una gran labor de negociación con la pareja para ver qué día puede salir cada uno (por separado o juntos), quedar con los abuelos (porque los tíos sólo están disponibles un rato para los Gigantes, no para las noches) para ver si quieren dormir con su nieto al menos el día 6, preparar bolsos de ropa blanca, comidas… Y lo más seguro es que el día 5 te des cuenta de que tienes que comprar ropa blanca para ti porque se te ha olvidado.

2. Dominas las zonas infantiles y las más transitables con las silletas, no sales de Carlos III para arriba y abajo y, sobre todo, de Conde Rodezno, aunque ansías meterte al Casco Viejo por encima de todo, y no sólo durante los Gigantes.

3. Tienes que quedar con otros padres con silleta por las tardes para sentirte uno más en la fiesta, -sobre todo si tus amigos no tienen hijos-, porque te mueres de envidia al ver a los grupos de jóvenes.

4. Mucha gente se ha llevado la marca de tu silleta en los tobillos: Aún no dominas a la perfección el arte de conducir una silleta por entre la muchedumbre borracha y vas avasallando y rompiendo tobillos. Seguro que para el Pobre de mí ya lo dominas.

5. Sabes cuáles son los globos que se llevan este año y cuáles son los juguetes que más se venden. Sin embargo, no sabes qué gilipollez ha pegado fuerte por la noche (¿las gafas con bigote?, ¿las chapas con mensaje?) Casi que te has quedado en aquella moda de los anillos de luz, no lo niegues.

sanfermin

6. Acabas el día peleando en la villavesa por un hueco para tu silleta, el globo que llevas atado y uno de esos perritos rosas que dan miedo y ladran todo el rato. Y lo peor es que te hacía mucha ilusión comprar el globo, pero con el resto de las cosas se te ha ido de las manos.

7. Allá quedaron esas resacas que se pasaban encadenando otra juerga. Las resacas con un bebé son más mortales que nunca y son más largas que un día sin pan, tanto que empiezas a pensar que quizá con salir un día basta.

8. Si antes acababas las juergas hablando de historias pasadas, ahora acabas enseñando fotos de tu bebé para alardear de lo guapo que es y de lo bien que le sienta el pañuelico y sus alpargatas. Orgullo de padre y de madre.

9. Antes tu alimentación sanferminera era a base de kalimotxo y bocadillos, pero ahora es casi toda de pinchos. Y la mitad de ellos se los come tu bebé, al que nunca le ha gustado tanto picotear de todos lados.

10. El día que por fin consigues salir solo de juerga, ves a una familia con un bebé y no puedes evitar pensar, ¿qué estará haciendo? Le echas de menos, aunque se te pasa con un cubata, y vuelves al punto 8.

¿Me dejo algo? ¡Viva San Fermín!

Flechazo con la arena (galerna incluida)

Si para los de interior ir a la playa con un bebé ya es una odisea de por sí, que te sorprenda un vendaval parecido a una galerna del Cantábrico, ya es para medalla. El sábado nos aventuramos a pasar el día en la playa de Orio, en Guipúzcoa, un lugar tranquilo que nos encanta y donde siempre hemos pasado buenos ratos.

Aunque siempre que buscamos mar acabamos en Ondarreta, en Donosti, optamos por ir a Orio para estar más tranquilos y aparcar con más facilidad. Era la primera vez que íbamos con nuestro hijo y descubrimos que es un sitio perfecto para bebés y niños. Al lado del aparcamiento de la playa hay un estanque con patos, ocas, pavos reales y otras aves que nos sirvió para entretener al enano mientras descargábamos todos los bártulos del coche. Además, en el jardín pegado a la playa hay un parque infantil enorme, los servicios y duchas están muy bien y los bares de la zona también (buenos y baratos)

playa de Orio

El sábado aprendimos varias cosas: que la silleta viene a las mil maravillas para llevar todos los bolsos (por supuesto, íbamos cargados hasta las cejas) y que en la arena se lleva mejor arrastras que empujando. Esto tuvo que venir a decírnoslo un padre, porque debíamos de llevar el cartel de “primerizos” encendido. Y con respecto a la arena, otras tres más importantes: los bebés están enamorados de la arena, es un flechazo instantáneo, da igual que no se conozcan. Segunda enseñanza: todos se la comen. Creo y espero que ninguno haya muerto por ello. Da igual que le digas que no se come, cuando no miras, arena a la boca, y todos tan felices. Y tercera: el cubo, pala, rastrillo y los moldes del chino no son juguetes vintage, valen su peso en oro. ¡Nunca unos trozos de plástico dieron tanto de sí!

bebé en la playa, arena

El cielo estaba cubierto pero no nos importó, había muy poca gente en la playa y así no tuvimos que llevar la sombrilla. Después de la arena, manchar varios pañales y quedar como un filete empanado, llegó el momento de saltar olas con la consiguiente emoción de los padres, las decenas de fotos que disparó servidora y las quejas del niño porque está fría y le pica la sal. Así estuvimos varias horas, disfrutando muchísimo de nuestro día de playa. Hasta que el padre dijo, “de aquí no nos vamos hasta que nos echen”. El comentario se cumplió, a la hora nos echaron.

Afortunadamente el vendaval (vino sin avisar, claro) nos pilló en la siesta del enano, echado en su magnífica silleta y bien resguardado con la muselina atada en los cuatro costados. El viento se llevó nuestro balón de playa a Sebastopol, volcó las sillas y los bolsos y nos dio una buena paliza de arena que picaba en las piernas. Los primeros que huyeron de la playa fueron los de casa, que ya sabían lo que se avecinaba. Nosotros quisimos aguantar pero huimos a los dos minutos, y menos mal. Allá sólo quedaron unos vecinos de toalla borrachos que repetían “déjalo que sople, déjalo que sople”. Supongo que esa será la frase que habrán puesto en sus lápidas.playa de Orio, Cantábrico, niños

Corrimos hasta el coche y allí empezó lo más divertido, vestir y limpiar a un bebé rebozado en arena y que sólo pensaba en jugar después de la siesta. Aprendimos entonces que es imposible duchar a un bebé lleno de arena con toallitas. Puedes gastar el paquete entero y sigue habiendo arena en sus partes. Así que lo hicimos a lo bruto, había que escapar de allí: con la botella de un litro de agua en el aparcamiento, resguardados del vendaval por el coche. Funcionó, lo cambiamos y gracias a una bolsa de gusanitos enorme que le duró el viaje de vuelta a casa, lo podemos contar. Lo hemos pasado con nota y creo que ya estamos preparados para un largo verano de playa.

El caminante y la gorila

Estos primeros días de piscina mi hijo y yo nos hemos convertido en una simpática pareja: él un caminante, y yo, una gorila. El enano se pasa la tarde en la piscina paseando de un lado a otro por el césped, como quien hace el Camino de Santiago. De un lado a otro, sin rumbo. El problema es que hace una parada en cada toalla, haya o no gente, para fisgar todo lo que puede y más dentro de las mochilas, para mordisquear chancletas (no entiendo el gusto de hacerlo, con la mía tiene vicio) y cambiar cosas de sitio. Y si no intervengo, se divierte cogiendo algo y dejándolo en la toalla de al lado.

Está claro que no puedo perderle de vista ni un instante, y no es porque tema que se me lance a la piscina de cabeza. Al nene no le interesa el agua porque no puede caminar por ella. Se mete casi obligado, pero enseguida se escapa a investigar. Sólo lleva un mes y medio andando pero parece que lo llevara haciendo toda la vida. Estoy segura de que si contáramos los kilómetros que ha hecho, pronto me superaba.

piscina bebé

No me quejo de que no pare quieto, porque ya me he olvidado de qué era eso de tumbarse tranquilamente en la toalla durante un rato a tomar el sol. Me quejo de que desde que es un caminante (blanco no, es bastante moreno de piel) yo soy la típica madre gorila que va detrás sonriendo y arreglando desaguisados: “No, cariño, esa chancleta no se come”, “Deja esa toalla, no te tumbes ahí, bonito”, “¿Dónde estaba esta mochila de Pocoyó? ¿De dónde la has sacado?”.

De lo que más me quejo es de tener que ir luciendo palmito de un grupo a otro de la piscina. Yo que quiero pasar desapercibida,  jugar con mi hijo en el césped y darnos un chapuzón si se deja, y termino todas las tardes paseando cacha por todos los grupos de padres y madres de la piscina. Si llego a saber que este verano iba a chupar tanta pasarela, me compro un pareo mono, o algo. Quizá en rebajas.

A veces me va la marcha y apuro unos segundos más de sol en la toalla mientras veo cómo se aleja pasito a pasito, culetazo a culetazo, para hacerme el gran sprint final a recogerlo (ganas de hacer deporte o afición al riesgo, qué sé yo). Ya puede haber recorrido medio kilómetro que el tío no mira atrás. Dicen que hay una distancia de seguridad, una especie de radio imaginario que marca una circunferencia de la que los bebés no se salen por miedo a perder de vista a sus padres. El mío ha dinamitado esa línea todas las veces, él se marcha y cuidado si no lo sigues con la mirada, que seguro que ya ha enfilado la carretera.

jugando_hierba

Si lo pierdo de vista, puede estar en cualquier parte, aunque casi seguro que está donde se reparte comida o en los grupos de jóvenes, en esos en los que aún da más vergüenza acercarse a recoger al niño con una sonrisa mientras te colocas bien la braga del bikini y tratas de meter tripa.

Debo decir, para restarle dramatismo al tema, que no soy la única madre que anda igual. Sólo que ellas me llevan ventaja porque tienen pareos que tapan más carne. El otro día estuve a punto de alcanzar el nirvana cuando conseguí que el enano se quedara quieto en mi toalla durante veinte minutos (en los cuales pasé rápidamente al modo lagartija). El secreto estuvo en enseñarle a arrancar hierba (pobre hierba, lo sé) y meterla en unos cubos de colores. Si no lo habéis probado, ahí está la clave de este verano.

¿Cómo conseguís tomar el sol o descansar un rato en la toalla?